El histórico líder de la izquierda abertzale, Arnaldo Otegi, salió esta semana de la cárcel. Las reacciones se han polarizado en torno a dos atalayas: por un lado estaban quienes lo veían como un sufridor a la altura de Nelson Mandela que al fin lograba la libertad; por otro lado estaban los que lo veían como una reencarnación de Charles Manson fusionado con el Torete y el Vaquilla. El caso es que esta salida de prisión no ha dejado a nadie indiferente.

otegiLa derecha mediática ya se ha encargado en sugerir que se trataba de un tipo muy peligroso. Por supuesto, Otegi, que estaba en el banquillo de los anti-sistemas mediáticos, vuelve a saltar al terreno de juego del linchamiento. Arnaldo se une ahora al club de discípulos de Satán que forman Podemos, las mareas, las CUP, los independentistas, los yayoflautas, los comunistas, los anarquistas, etc. Todos ellos aparecen en los telediarios de 13TV, Antena 3, Telecinco o Televisión Española acompañados por el adjetivo radical. Ahora bien, radical significa ir a la raíz, por lo que si hay alguien radical en España ese sería Llongueras, que va a la raíz oscura del pelo de las rubias. Radical también sería el jardinero de Bricomanía, que va a la raíz de las plantas… y que además es vasco, lo que refuerza la teoría del radicalismo.

Pocas veces se escucha en las radios y televisiones hablar de radicales o de anti-sistemas de los políticos del PP de Valencia que tan extraña manía tenían de apropiarse del dinero público sin importarle mucho las normas del sistema. Otegi está en la calle y muchos ya se imaginan a un tipo con metralletas que anda suelto por España. El caso es que poco se ha escuchado en los medios del país en estos años que Otegi ha estado preso las voces de gente como Desmund Tutu, premio Nobel de la Paz…

Hace 4 años decidí tirarme a la piscina, sin manguitos, y acepté irme de Erasmus a Finlandia, sí a Finlandia.

mooseskiLo primero que te dicen cuando comentas en el ámbito familiar que te vas al culo de Europa, con perdón, es aquello de: ‘Uy Finlandia, ¿qué frío, no? Efectivamente, frío del bueno, sobre todo los meses de noviembre y diciembre, pero eso es lo que hace de una Erasmus una experiencia de supervivencia aún mayor.

Recuerdo las típicas fiestas en residencias en las que se te congelaban los dedos por salir a fumar un cigarro durante 5 minutos a la terraza por muchas cervezas que llevases encima, las excursiones al súper y la consiguiente vuelta con tu bici, con la cual te creías invencible hasta que chocabas con una montaña de nieve de medio metro gracias a la estabilidad que te proporcionaban las dos bolsas de comida que llevabas enganchadas a los manillares, el sentimiento de valentía que te proporcionaban 5 copas para volver a casa caminando a las 5 de la mañana por encima de un lago helado con la misma consistencia que el arroz pasado que te has hecho para cenar aquella noche porque ya no te queda embutido del que te mandó tu madre en un paquete hace 3 días.

Recuerdo los días en los que perdías la noción del tiempo porque no sabías si eran las 3 de la tarde o las 3 de la mañana debido a las pocas horas de sol, por lo que siempre era un buen momento para abrir una botella de vino y lo que surja; lo turbio de una sociedad, la finlandesa, de conversación más bien corta y cubalibres más bien largos; la confirmación de los tópicos acerca de los alemanes y su hermetismo, los españoles y su apertura, y los franceses y su… no sé, los franceses siempre han sido muy raros.

Hace 4 años viví la experiencia más gratificante de mi vida y no cambiaría ni los 27 grados bajo cero a los que llegamos una oscura y gélida noche de diciembre…

Aviso importante a la población: los ascensores ya no son lo que eran.

¿Quién no ha montado en el ascensor de su bloque hace unos años y debatía por el calor sofocante que estaba haciendo este invierno y las rachas de frío polar en pleno julio?

Recuerdo cuando bajaba la basura y el ascensor se detenía en el cuarto para que entrase el típico vecino con ganas de cháchara y en cuatro pisos te habían convalidado la carrera de meteorólogo, o de periodista deportivo o incluso de politólogo si el del cuarto se atrevía a sacar el tema del paro.

ascensor-telePues bien, el culpable de que ya no sepamos ni con quién bajamos o subimos en el ascensor es el señor Smartphone. Antes cerrabas la puerta del ascensor rápidamente si no te apetecía mantener una conversación en ese pequeño habitáculo del diablo, hoy en día te da igual porque en cuanto ese vecino ponga un pie dentro, tú sacarás tu teléfono móvil y revisarás el tiempo que va a hacer mañana, a qué hora juega el Atleti este finde o cuándo tendremos nuevas elecciones.

Con lo bonito que era acariciar al perrito de la del sexto y preguntarle ¿qué raza es? Para a continuación confirmar que era un chucho. ¿Y ahora? ¿Ahora qué? Ahora seguramente apartes al perrito con el pie para que no te desconcentre de la partida del Candy Crush que tienes casi pasada y ya no sepas si la del sexto perdió el habla en algún momento de su vida porque no se ha dignado a darte ni los buenos días. Tú a ella tampoco, claro, que tienes cosas más importantes en las que centrarte ahora mismo.

En mi edificio se han llegado a producir momentos de tensión realmente bizarros cuando te toca entrar en el ascensor sin batería en el móvil y ahí aparece  otro vecino, de avanzada edad, probablemente sin saber siquiera qué es un móvil, y entonces comienzas a mirar al techo, a los numeritos que indican el piso por el que vas como si aquello fuese una cuenta atrás en cámara lenta, muy lenta… Eso sí, aquel día por lo menos sueltas un ‘hasta luego’ que te hace pensar que ya has hecho la buena obra del día.

Nota: la siguiente historia ocurrió realmente hace muchos años en la parroquia en que yo vivo; no obstante, para no quemarnos con la gente, los nombres de los implicados quedarán en el anonimato.

Hace varios años, probablemente unos diez, en la parroquia en la que vivo teníamos un cura que era un poco… pintoresco, por así decirlo. La mayor putada de su vida fue andar por aquí en una época en la que aún no se usaba la palabra friki. A mi siempre que me veia me llamaba Hector, y por mucho que le dijese que yo no me llamo Hector, el tío insistía; hasta tal punto que al final me llamaba Hector y contestaba (yo ya había escarmentado con una profesora que me quería echar de clase porque cuando me llamaba yo no contestaba; lógico, me estaba llmanado Raúl y yo tampoco me llamo Raúl).

Pues un buen día, éste freak-cura llegó a la iglesia a hacer un par de gestiones y se encontró a un grupo de hombres que estaban vacunando a los perros callejeros que andaban por la parroquia para prevenir que le pegasen cualquier cosa a la gente si algún día les mordía (sí, era más fácil llevarlos a la perrera, pero en nuestra parroquía nos gusta que haya de todo, hasta perros callejeros). Como tanto perro junto se alborota muy fácilmente y como el coche del cura tenía uno de éstos ganchos para llevar remolque, los vacunadores le pidieron permiso para amarrar los perros al gancho mientras los iban vacunando. El cura les dijo que sí y los hombres se pusieron a amarrar los perros.

Pasó el tiempo y el cura acabó lo que había venido a hacer, cerró la iglesia y se metió en el coche:

– Espere señor cura!!
– Adios!! Adiós!!

Arrancó y se fue a toda pastilla (porque dicho sea de paso, al volante era una especie de Fernando Alonso, iba como un loco). Lo que el cura no había visto es que llevaba un perro aún amarrado. Los hombres empezaron a gritar a la gente que andaba por allí:

– ¡¡Dicídelle que pare!! ¡¡Facedelle señas para que pare!!

La gente que estaba a ambos lados de la carretera empezó a hacerle el gesto clásico de “Eh, tío, para”, pero como ya os he dicho, este cura es muy personaje, y se pensó que le estaban diciendo adiós, por lo que además de ir como un loco empezó a usar el claxon y a saludar a todo el mundo.

Así fue como desde aquel día, dicho cura pasó a ser conocido como el cura que mató a un perro al obligarle a esprintar durante más de 2 km. Cuando llegó al primer semáforo desde que había salido, la gente lo hizo bajar del coche mientras alguien desenganchaba al pobre chucho, que sólo pudo coger aire, sentarse y acto seguido pasar a mejor vida. El señor cura se rascó la cabeza y dijo:

– Ya me extrañaba que me saludase tante gente hoy…

Si es que estas cosas sólo pasan aquí.

¿Te ha sucedido alguna vez que llevas más horas despierto de las que te gustaría, y de pronto sientas que tu cerebro ya no está trabajando como debería? Pues entonces tienes que saber que no se trata de una casualidad ni mucho menos, sino que esto tiene una explicación lógica, más de una vez analizada por los principales científicos del mundo, que indica que a medida que estamos más y más cansados por la ausencia de horas de sueño, podemos ser más “vulnerables” a la verdad.

En efecto, si eres un fanático de las películas, y sobre todo de las policiales o de suspenso, habrás visto que cuando hay un sospechoso al que interrogan y quieren sacarle la verdad, muchas veces le aíslan por bastante tiempo para que se canse. Y es que diversos estudios, entre ellos algunos realizados por la Universidad de Michigan, una de las más prestigiosas de los Estados Unidos, sostienen que cuanto más cansados estamos, más posible es que desvelemos algunos secretos.

chinitos

Sin embargo, resulta también curioso que como parte de estas investigaciones, lo expertos han comprobado que incluso cuando estando cansados es mucho más probable que digamos cosa que no queremos, eso no puede asegurarle a quien nos interroga, que efectivamente le estemos diciendo la verdad, sino que incluso puede que lleguemos a confesar un hecho que nunca sucedió, para finalmente conseguir el descanso deseado. De ser así, la forma de interrogatorio habitual debería ser modificada para evitar posibles errores, aunque mas no se trate de un procedimiento más que forma parte de las investigaciones habituales.

En concreto, tenemos que decir entonces que la falta de sueño hace mucho más probable que confesemos un hecho… aunque en realidad nunca haya ocurrido. Por eso mismo, si estás hablando con alguien que lleva bastante sin dormir, mejor que no te tomes al pie de la letra todo lo que te dice… y si eres tú el que ya está casi vencido por el sueño, mejor que vayas a la cama, antes de que cuentes tus secretos.