En la política actual cada vez importa menos el compromiso con los ciudadanos y el desarrollo de un armazón ideológico nítido, férreo y coherente. La imagen, la frivolidad y el convencimiento televisivo del potencial votante han terminado por hacer del escenario político un marco de caricaturas, esperpentos y conflictos más propios de la ficción y el entretenimiento que de la seriedad que debe mejorar la vida de las personas.

Los nombres de políticos y los saltos desde unos partidos a otros acaban por desprestigiar la concepción que los ciudadanos tienen de la ya de por sí maltrecha política. Si UPyD se hunde y deja a sus caras más visibles sin la oportunidad de seguir chupando del bote y de seguir ganando un dinero fácil que en otra empresa o institución pública sería más difícil de conseguir.

Así, nombres como los de Irene Montero o el del actor Toni Cantó saltaron a la palestra en los comicios del pasado año. Ambos, procedentes del partido de Rosa Díez, ya hundido del todo, decidieron marchar al PSOE y a Ciudadanos, respectivamente. Son políticos tránsfugas, sin coherencia, a pesar de que luego intenten justificar los injustificable con sus presuntas ganas de ayudar a las personas de a pie.

Tania Sánchez, que perjuró que nunca, pero nunca y nunca, se marcharía de Izquierda Unida, tardó muy poco en dar el salto a Podemos, destino al que prometió que “nunca” iría. Asistimos a una dinámica en la que los partidos anuncian los nombres de los políticos como si fueran héroes ultra capacitados. El Partido Popular en cambio es más de hacer que los nombres cobren caché dentro de su partido para después poder introducirlos en la puerta giratoria de turno.

Recordaremos también el caso de la capitana del ejército Zaida Cantera, presentada por el PSOE de Pedro Sánchez como una especie de gurú que venía a traer una pócima mágica, cuando no era más que un caso mediático de acoso en el ejército que trascendió a la opinión pública. Son las juventudes de los partidos las que sueñan cada día con dar el salto al primer equipo y llegar, sin necesidad de dar un palo al agua ni trabajar, a un puesto como el de la mismísima Susana Díaz, a la que no se le conoce oficio alguno ajeno a la política.

Veníamos de una cuantas elecciones (autonómicas, locales, europeas…) y pensábamos que íbamos a estar una temporadita sin escuchar soflamas, mítines, descalificaciones y promesas de esas que se lleva el viento. Solo tenían que pasar las generales. Pero no, falsas ilusiones…entramos en bucle y da la impresión de que nos vamos a meter de lleno en la versión política del día de la marmota.

Porque después de seis meses de tiras y aflojas da la impresión de que la cosa no ha cambiado mucho. Sí, Podemos e Izquierda Unida se han dado la mano ¿Pero servirá de algo, cambiará alguna cosa? Realmente no lo parece. Si los partidos políticos, todos, esos que tanto hablan de regeneración, de tender la mano, de dialogar, han sido incapaces de ponerse de acuerdo en seis largos meses ¿Van a ser capaces de hacerlo ahora?

Si hay algo que parece distinguir a nuestra clase política es que no aprende de los errores. Y lo que es peor, ni siquiera los reconocen. Porque llegar a un punto de no retorno no deja de ser un gran fracaso. Eso de “contigo sí, pero con ese otro no”, sin intentar siquiera dialogar, sin intención de ceder ni un milímetro dice mucho de las ansias de poder de nuestros políticos. Y no hay distinción: ansias de los que ya lo tienen, de los que lo tuvieron y de los que aspiran a tenerlo. En eso, al menos sí que parecen coincidir, aunque evidentemente no es políticamente correcto admitirlo y solo se hable de que se trabaja y se piensa solo en ese bien común que nunca se sabe exactamente qué es.

No puede extrañar que los votantes estén desencantados, que la abstención hay dejado de ser una amenaza para ser algo muy real. Si quien tiene que dar lecciones de tolerancia y de diálogo no lo hace ¿Qué se puede esperar? Un gran problema y que si alguien no lo remedia hará que la situación política española, por hacer un símil más nacional que el de la marmota, sea como “la pescadilla que se muerde la cola”.

¡Qué complicado es el amor! Y cuando hay intereses de por medio, sobre todo poder y dinero, mucho más. El juego de la seducción se vuelve mucho más importante, los guiños ya no son suficientes, muchos gestos se quedan cortos, las palabras adquieren un doble y hasta un triple sentido y llevarse al huerto al otro (o a los otros, que también se admiten tríos) a veces parece tarea imposible por muchos intentos que se hagan.

¡Hay que ver cuantas hojas tiene la margarita de la política! En ocasiones parece que nunca van a acabar de deshojarla nuestros partidos políticos. Y mira que se hacen regalitos, que se dan alguna que otra sorpresa inesperada, que ceden para no parecer demasiado engreídos. Pero no, se atraen, se dejan mimar y acariciar y, cuando parece que por fin va a llegar el idilio todo se tuerce y vuelta a empezar…con el mismo o con otro, que en esto de la política lo de las infidelidades parece que se estila mucho…Y de los celos ya ni hablamos: “si miras a ese a mí ni me dirijas la palabra” parece que llevan algunos escrito en la frente.

¿Y qué decir de la comunicación, tan importante en el amor? Mejor casi ni hablar. Diálogos de sordos, conversaciones absurdas y aquello de “yo no dije eso, era algo parecido, pero no lo que tú piensas, es que no me he explicado bien”.

Malos amantes son los partidos políticos, sobre todo en España, donde el propio interés parece estar siempre por encima de todo lo demás. Para unas cosas se quiere amante en exclusiva, para otras no importa hacer una cama redonda, y eso cuando no pasan semanas y semanas con el “me quiere, no me quiere”.

Y lo malo no es quererse o dejarse de querer. Lo realmente trágico es que en este bendito país los amores en política, si llegan buen puerto suelen acabar en divorcio. ¿Necesitarán nuestros partidos una pócima del amor?

El color magenta de Unión, Progreso y Democracia parece apagarse definitivamente como ese crepúsculo hermoso que se hace noche para siempre. Con la de gamas del pantone que aún le quedaban a Rosa Díez para volver a reconquistar el centro político español… y nada. Con la maniobra del Ibex-35 para que Ciutadans se castellanizara, se acabó lo que se daba, ya que buena parte de los miembros de la formación magenta decidieron cambiar de color y pasarse al naranja, que esta temporada parece estar más de moda y ofrecer oportunidades más jugosas para vivir de la política o de las carambolas y enchufes derivados de su mala pero habitual praxis.

upydLa pérdida de las constantes vitales de UPyD se produjo definitivamente tras las últimas elecciones generales, donde su candidato, Andrés Herzog, no pudo parar la sangría de votos, una sangría que lograría emborrachar a todas las norteamericanas que pasan la primavera de Erasmus en las plácidas ciudades de España. Pocos ciudadanos -por no herir, tal vez “ciudadanos no sea la palabra idónea, mejor sería de decir “habitantes” o “personas llamadas a ejercer su derecho al voto”- optaron por la papeleta de Unión, Progreso y Democracia. Se podría concluir que votaron a UPyD más o menos las mismas personas que van a las gradas de los partidos del Getafe en casa. Pocas.

Hasta el Pacma, que no es la policía pronunciada por José Bono, sino un partido contra el maltrato animal, cosechó mejores resultados electorales que el partido que fundó hace algunos años Rosa Díez. Para los votantes, hasta los animales han logrado conmover más en campaña electoral que UPyD. A decir verdad, tampoco es que el partido de la fuerza magenta haya tenido en los últimos tiempos una cobertura mediática importante. Eso sí, muchos abandonaron el barco cuando se hundía y ahora están a salvo. Transfuguismo lo llaman. Por ejemplo, Toni Cantó marchó a Ciudadanos e Irene Lozano lo hizo al PSOE; ahora podrían volver a encontrarse bajo el paraguas de la investidura de Sánchez. Quién sabe si el pacto de PSOE-Ciudadanos no es una maniobra secreta de UPyD para tomar de una vez el poder…