Te despiertas por la mañana, y sin siquiera salir de debajo de las sábanas, tomas el móvil y revisas las principales redes sociales, entre ellas Facebook, incluso cuando todos sabemos que prácticamente no hay publicaciones temprano. Sin embargo, a los 10 minutos volvemos a ver si nadie ha escrito nada, y así nos pasamos buena parte del día, comprobando las novedades en Facebook aunque no haya nada interesante, y lo hacemos porque esta plataforma es sumamente adictiva, pero ¿por qué no podemos dejarla?

Por supuesto, son muchos los especialistas que han intentado desvelar el por qué de la adicción de la sociedad a las redes sociales sobre todo luego de la aparición en escena de Facebook, y al parecer, buena parte de esas explicaciones tienen que ver con la sensación de placer que experimentamos al momento de realizar interacciones sociales, y como en Facebook están a apenas un click de distancia, podemos satisfacernos casi sin dificultad. Por supuesto, lo mismo se puede aplicar a otros sitios o aplicaciones como Instagram, Twitter, e incluso las de ligar como Tinder.

 

De acuerdo a los expertos más avanzados en esta temática, los seres humanos tenemos una necesidad casi natural de confirmar nuestra pertenencia a distintos grupos, y es por eso que cuando interaccionamos con otras personas en las redes sociales, por ejemplo Facebook, “nos sentimos parte de”, es decir, comprobamos que los demás nos tienen en cuenta, y aunque no tengamos problemas de autoestima ni nada parecido, simplemente no podemos dejar las redes sociales.

Incluso, hay investigadores que aseguran que entramos a Facebook no sólo para sentirnos aceptados, sino también para esperar malas noticias de las demás personas, de modo que comprobemos que somos más felices que ellas. En cambio, si observamos que los demás son más felices, tienen más amigos, más dinero o una vida más interesante -en apariencia- podemos llegar a sumirnos en una depresión más profunda. Curioso, ¿verdad?

Más de una vez encontraremos artículos que hablen acerca de las películas más sangrientas de la historia, es decir aquellas que a lo largo del argumento nos enseñaron más muertes en terribles circunstancias. Y sin embargo, una cosa es lo que se produce a nivel cinematográfico, y otra muy distinta la vida real. Por eso, cuando hablamos de la película más mortífera de la historia, tenemos que mencionar a “El conquistador de Mongolia ”, protagonizada ni más ni menos que por John Wayne.

Lo cierto es que director Oscar Millard tenía el guión de la mencionada película listo para ser rodado a mediados de la década de los ´50, y una vez decididos los actores, que incluían al reconocido John Wayne para el protagónico, escogió como sitios de grabaciones, tres campos que se encontraban muy cerca de los campos de pruebas de armamento nuclear del Ejército de los Estados Unidos, tal vez mucho más cerca de lo que hubiera sido recomendable.

Sucede que en esos campos, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos realizaba todo tipo de prácticas relacionadas con el lanzamiento de armas nucleares de alto alcance, lo que por supuesto comenzó a afectar a los actores, aunque pocos lo notaron en ese momento. Sin embargo, en poco tiempo había quedado claro que el sitio elegido fue una especie de sentencia de muerte para el elenco, pues los casos de cáncer y distintas enfermedades brotaron de golpe y de a decenas.

En los siguientes 30 años, se calcula que cerca de 150 de los actores y ayudantes que participaron de la película habían fallecido como consecuencia directa de su exposición a los restos de armas nucleares probadas por los Estados Unidos durante las grabaciones. Incluso entre ellos estaban el propio John Wayne, además del compositor de la banda sonora, Victor Young, el director alterno Dick Powell o la actriz Agnes Moorehead, quienes fueron los primeros en perder la vida en la que efectivamente ha sido hasta ahora, la película más mortífera de todos los tiempos.

Claro que a todos nos gusta el alcohol, y si no nos gusta demasiado, al menos debemos tener la honestidad de admitir que es el culpable de muchas de nuestras mejores aventuras y anécdotas, y es por eso que volvemos a recurrir a él cada fin de semana. Sin embargo, también es cierto que cuando nos levantamos al otro día podemos arrepentirnos lo suficiente de lo tomado la noche anterior como para jurar no volver a tocar una bebida alcohólica, y es que cuando la resaca aparece, existen pocas sensaciones más molestas que ésta.

Sin embargo, estamos convencidos de que todos nosotros pagaríamos un poco más por alguna bebida alcohólica que no deje resaca, y es que eso nos evitaría muchísimos problemas, e incluso podríamos darnos el gusto de tomarla más seguido. En Corea del Norte los especialistas han hecho el esfuerzo al respecto -aunque por diferentes circunstancias que tienen más que ver con su idiosincrasia- y parece que dentro de poco, en todo el mundo podremos gozar de los primeros prototipos de bebidas alcohólicas que no dejan resaca.

Claro, seguramente te estarás preguntando entonces cuáles son los ingredientes de esta bebida tan curiosa que provoca los mismos efectos que el alcohol pero que no tiene consecuencias negativas, es decir, prácticamente el brebaje perfecto. Por lo que se sabe, se trata de un licor denominado Koryo, el que se desarrollad a partir de la raíz de gingseng y el arroz, reemplazando además uno de los componentes más nocivos que tiene el alcohol tradicional que es el azúcar.

El caso es que aunque muchos expertos tienen sus dudas acerca de que este invento realmente pueda funcionar -consideran que o bien no produce los efectos del alcohol, o que en caso de sí producirlos de ninguna manera puede dejar de provocar resaca-, lo cierto es que sus creadores aseguran que además se trata de una bebida por demás recomendable gracias a que cuenta con todas las propiedades curativas del gingseng. Si realmente el licor de Koryo no deja resaca, no tenemos dudas de que pronto lo tendremos en los principales bares españoles.

 

Una de las cosas que me ha dado por hacer últimamente es auto-cortarme el pelo; es decir, que me corto el pelo yo mismo. Por alguna extraña razón, cuando admites ésta práctica en público, te tachan poco menos que de loco. Que vale, yo bien del todo no esoty, pero loco, lo que se dice loco no; un poco ido a lo sumo.

El caso es que desde que nací sólo he llevado dos (*) cortes de pelo distintos:

  • El corte de pelo de niño bueno: que es el que le encanta a todas las madres de España (excepto a las que son unas chonis). A la peluquera del barrio siempre le fascinaba la capacidad de autocontrol que de la que yo alardeaba, pues era decirme “No muevas la cabeza” y convertirme en una estatua durante el tiempo necesario. Pero un buen día, a ésta buena mujer se le fue la tijera y me metió un tijerazo en una oreja. Traumatizado, me juré a mi mismo que durante el resto de mi vida pasaría el menor tiempo posible en una peluquería.
  • Himliano, el pelado: el tijeretazo de marras coincidió temporalmente con el auge de futbolistas como De la Peña o Ronaldo (el gordito, no el chulo-playas), y se me empezó a meter en la cabeza que aquello tenía que ser muy cómodo, porque entre corte y corte podrían pasar meses tranquilamente. Dicho y hecho; desde 1995 hasta finales de 2009 me he cortado siempre el pelo igual; “Pásame la máquina, por todo; sin florituras“. Sencillo y rápido. La única variación que hacía era que en verano lo cortaba al 2 y en invierno al 4, por aquello del frío. No más preocuparse de si vas peinado o no, no más sacarte un gorro y que se te queden unos pelos de loco desatado; todo son ventajas!!

(*) El pasado verano, en un alarde de extravagancia, me afeité la cabeza en plan tradicional, con tijeras y maquinilla de afeitar; pero eso ahora no viene a cuento.

A mediados de otoño, me compré una máquina de esas de cortarse el pelo; como las que usan en las peluquerías (de esas que todos los peluqueros llaman “la moto“). La compré en el Carrefour y os adelanto que es uno de los timos más grandes en los que he caído en mi vida; porque no corta una puta mierda. Es lo malo de ir a lo barato, que al final sale rana. Aunque también hay que aclarar que tengo un pelaso de mucho cuidado, pero eso ahora tampoco viene a cuento.

Lo que os venía a explicar es que cortarse el pelo uno mismo es una gozada por una serie de razones:

  • Te cortas el pelo donde y cuando quieres. Y de gratis.
  • No tienes que desplazarte a ningún sitio, lo cual para un vago como yo, es crucial.
  • Lo haces tú mismo, lo cual otorga un plus de auto-realización muy a tener en cuenta.

El único inconveniente, es que si no eres un poco mañoso, se te puede ir la mano y hacer un estropicio; para lo cual la única solución pasa por cortar todo el pelo y esperar a que crezca para volver a empezar. Pero vamos, que es algo extremadamente infrecuente, habría que ser jodidamente ñordo y torpe para que te pase…

Empecemos con las mas conocidas leyes:

  • Si algo puede salir mal, saldrá mal,
  • Si nada puede salir mal, aparecerá algo que puede ir mal y saldrá mal.
  • Si todo parece ir bien es que no ha mirado lo suficiente.

Éstas son 3 de las formas principales en que se puede describir la Ley de Murphy, que viene a decir que la vida es una mierda de muchas formas, algunas tan retorcidas como:

La probabilidad de que la tostada se caiga al suelo sobre el lado de la mantequilla es inversamente proporcional a la cantidad de ésta que queda en el bote, así como del tiempo de que se dispone para desayunar.

Y ayer me tocó vivirlas de la forma más inesperada:

Estaba yo bajandome un CD de un juego antiguo que me apetecía revivir. Terminada la descarga vi que lo que me había bajado era un archivo .mdf (imagen de CD generada con Alcohol) pero mi versión de nero no es capaz de quemar este formato de imágenes asi que necesitaría montarla con Daemon.

Desgraciadamente el paquete no incluía el archivo de información .mds que permitiría montar en unidad virtual la imagen. Asín que tuve que buscarme la forma de apañarme sin el. Finalmente descubrí el programa MagicISO que puede abrir y crear varios formatos de imágenes de CD, y que me permitió abrir el archivo .mdf y re-guardarlo como una imagen .iso que mi Daemon podría montar y mi Nero podría grabar.

Pero no acabó aqui la cosa porque resulta que mi versión del programa era un fake (de estos que te cuelan una demo como el programa completo) y no me permitia guardar archivos de más de 100M. Así que me tuve que buscar un crack o keygen para el programa, y lo conseguí.

La instalación se completó con éxito salvo por un pequeño detalle: el instalador no creó el ejecutable del juego en la carpeta de instalación, así que otra vez tuve que tragarme la vomitona de lenguaje SMS de los foros de crackeros de segunda y demás lammers en busca de un ejecutable o crack para el juego.

¡VICTORIA! grité, y me lanzé corriendo a rebanar cabezas de orco.
Pero no acabó aquí la cosa, ya que el juego era tan antiguo que corría en mi centrino a velocidad de vértigo: dando por ejemplo, cuando hacía saltar a mi personaje, la impresión de un teletransporte hacia adelante.

Así que hubo que buscarse una utilidad para ejecutar programas a velocidades inferiores a la habitual, y el bueno de Jimliano me recomendó uno muy bueno. Solo tenía un defecto: se ejecutaba por comando. Así que por no andar con terminales tuve que crearme un .bat y andar cambiando manualmente los accesos directos al juego que el programa de instalación había creado.

Y después de una tarde de pruebas a distintas velocidades concluí que si lo relentizaba para sincronizar audio y video, los movimientos no eran fluidos como en el original, y si lo relentizaba menos las secuencias de vídeo se acababan sin escuchar todo el audio…