Aviso importante a la población: los ascensores ya no son lo que eran.

¿Quién no ha montado en el ascensor de su bloque hace unos años y debatía por el calor sofocante que estaba haciendo este invierno y las rachas de frío polar en pleno julio?

Recuerdo cuando bajaba la basura y el ascensor se detenía en el cuarto para que entrase el típico vecino con ganas de cháchara y en cuatro pisos te habían convalidado la carrera de meteorólogo, o de periodista deportivo o incluso de politólogo si el del cuarto se atrevía a sacar el tema del paro.

ascensor-telePues bien, el culpable de que ya no sepamos ni con quién bajamos o subimos en el ascensor es el señor Smartphone. Antes cerrabas la puerta del ascensor rápidamente si no te apetecía mantener una conversación en ese pequeño habitáculo del diablo, hoy en día te da igual porque en cuanto ese vecino ponga un pie dentro, tú sacarás tu teléfono móvil y revisarás el tiempo que va a hacer mañana, a qué hora juega el Atleti este finde o cuándo tendremos nuevas elecciones.

Con lo bonito que era acariciar al perrito de la del sexto y preguntarle ¿qué raza es? Para a continuación confirmar que era un chucho. ¿Y ahora? ¿Ahora qué? Ahora seguramente apartes al perrito con el pie para que no te desconcentre de la partida del Candy Crush que tienes casi pasada y ya no sepas si la del sexto perdió el habla en algún momento de su vida porque no se ha dignado a darte ni los buenos días. Tú a ella tampoco, claro, que tienes cosas más importantes en las que centrarte ahora mismo.

En mi edificio se han llegado a producir momentos de tensión realmente bizarros cuando te toca entrar en el ascensor sin batería en el móvil y ahí aparece  otro vecino, de avanzada edad, probablemente sin saber siquiera qué es un móvil, y entonces comienzas a mirar al techo, a los numeritos que indican el piso por el que vas como si aquello fuese una cuenta atrás en cámara lenta, muy lenta… Eso sí, aquel día por lo menos sueltas un ‘hasta luego’ que te hace pensar que ya has hecho la buena obra del día.

Nota: la siguiente historia ocurrió realmente hace muchos años en la parroquia en que yo vivo; no obstante, para no quemarnos con la gente, los nombres de los implicados quedarán en el anonimato.

Hace varios años, probablemente unos diez, en la parroquia en la que vivo teníamos un cura que era un poco… pintoresco, por así decirlo. La mayor putada de su vida fue andar por aquí en una época en la que aún no se usaba la palabra friki. A mi siempre que me veia me llamaba Hector, y por mucho que le dijese que yo no me llamo Hector, el tío insistía; hasta tal punto que al final me llamaba Hector y contestaba (yo ya había escarmentado con una profesora que me quería echar de clase porque cuando me llamaba yo no contestaba; lógico, me estaba llmanado Raúl y yo tampoco me llamo Raúl).

Pues un buen día, éste freak-cura llegó a la iglesia a hacer un par de gestiones y se encontró a un grupo de hombres que estaban vacunando a los perros callejeros que andaban por la parroquia para prevenir que le pegasen cualquier cosa a la gente si algún día les mordía (sí, era más fácil llevarlos a la perrera, pero en nuestra parroquía nos gusta que haya de todo, hasta perros callejeros). Como tanto perro junto se alborota muy fácilmente y como el coche del cura tenía uno de éstos ganchos para llevar remolque, los vacunadores le pidieron permiso para amarrar los perros al gancho mientras los iban vacunando. El cura les dijo que sí y los hombres se pusieron a amarrar los perros.

Pasó el tiempo y el cura acabó lo que había venido a hacer, cerró la iglesia y se metió en el coche:

– Espere señor cura!!
– Adios!! Adiós!!

Arrancó y se fue a toda pastilla (porque dicho sea de paso, al volante era una especie de Fernando Alonso, iba como un loco). Lo que el cura no había visto es que llevaba un perro aún amarrado. Los hombres empezaron a gritar a la gente que andaba por allí:

– ¡¡Dicídelle que pare!! ¡¡Facedelle señas para que pare!!

La gente que estaba a ambos lados de la carretera empezó a hacerle el gesto clásico de “Eh, tío, para”, pero como ya os he dicho, este cura es muy personaje, y se pensó que le estaban diciendo adiós, por lo que además de ir como un loco empezó a usar el claxon y a saludar a todo el mundo.

Así fue como desde aquel día, dicho cura pasó a ser conocido como el cura que mató a un perro al obligarle a esprintar durante más de 2 km. Cuando llegó al primer semáforo desde que había salido, la gente lo hizo bajar del coche mientras alguien desenganchaba al pobre chucho, que sólo pudo coger aire, sentarse y acto seguido pasar a mejor vida. El señor cura se rascó la cabeza y dijo:

– Ya me extrañaba que me saludase tante gente hoy…

Si es que estas cosas sólo pasan aquí.

¿Te ha sucedido alguna vez que llevas más horas despierto de las que te gustaría, y de pronto sientas que tu cerebro ya no está trabajando como debería? Pues entonces tienes que saber que no se trata de una casualidad ni mucho menos, sino que esto tiene una explicación lógica, más de una vez analizada por los principales científicos del mundo, que indica que a medida que estamos más y más cansados por la ausencia de horas de sueño, podemos ser más “vulnerables” a la verdad.

En efecto, si eres un fanático de las películas, y sobre todo de las policiales o de suspenso, habrás visto que cuando hay un sospechoso al que interrogan y quieren sacarle la verdad, muchas veces le aíslan por bastante tiempo para que se canse. Y es que diversos estudios, entre ellos algunos realizados por la Universidad de Michigan, una de las más prestigiosas de los Estados Unidos, sostienen que cuanto más cansados estamos, más posible es que desvelemos algunos secretos.

chinitos

Sin embargo, resulta también curioso que como parte de estas investigaciones, lo expertos han comprobado que incluso cuando estando cansados es mucho más probable que digamos cosa que no queremos, eso no puede asegurarle a quien nos interroga, que efectivamente le estemos diciendo la verdad, sino que incluso puede que lleguemos a confesar un hecho que nunca sucedió, para finalmente conseguir el descanso deseado. De ser así, la forma de interrogatorio habitual debería ser modificada para evitar posibles errores, aunque mas no se trate de un procedimiento más que forma parte de las investigaciones habituales.

En concreto, tenemos que decir entonces que la falta de sueño hace mucho más probable que confesemos un hecho… aunque en realidad nunca haya ocurrido. Por eso mismo, si estás hablando con alguien que lleva bastante sin dormir, mejor que no te tomes al pie de la letra todo lo que te dice… y si eres tú el que ya está casi vencido por el sueño, mejor que vayas a la cama, antes de que cuentes tus secretos.

Te despiertas por la mañana, y sin siquiera salir de debajo de las sábanas, tomas el móvil y revisas las principales redes sociales, entre ellas Facebook, incluso cuando todos sabemos que prácticamente no hay publicaciones temprano. Sin embargo, a los 10 minutos volvemos a ver si nadie ha escrito nada, y así nos pasamos buena parte del día, comprobando las novedades en Facebook aunque no haya nada interesante, y lo hacemos porque esta plataforma es sumamente adictiva, pero ¿por qué no podemos dejarla?

Por supuesto, son muchos los especialistas que han intentado desvelar el por qué de la adicción de la sociedad a las redes sociales sobre todo luego de la aparición en escena de Facebook, y al parecer, buena parte de esas explicaciones tienen que ver con la sensación de placer que experimentamos al momento de realizar interacciones sociales, y como en Facebook están a apenas un click de distancia, podemos satisfacernos casi sin dificultad. Por supuesto, lo mismo se puede aplicar a otros sitios o aplicaciones como Instagram, Twitter, e incluso las de ligar como Tinder.

 

De acuerdo a los expertos más avanzados en esta temática, los seres humanos tenemos una necesidad casi natural de confirmar nuestra pertenencia a distintos grupos, y es por eso que cuando interaccionamos con otras personas en las redes sociales, por ejemplo Facebook, “nos sentimos parte de”, es decir, comprobamos que los demás nos tienen en cuenta, y aunque no tengamos problemas de autoestima ni nada parecido, simplemente no podemos dejar las redes sociales.

Incluso, hay investigadores que aseguran que entramos a Facebook no sólo para sentirnos aceptados, sino también para esperar malas noticias de las demás personas, de modo que comprobemos que somos más felices que ellas. En cambio, si observamos que los demás son más felices, tienen más amigos, más dinero o una vida más interesante -en apariencia- podemos llegar a sumirnos en una depresión más profunda. Curioso, ¿verdad?

Más de una vez encontraremos artículos que hablen acerca de las películas más sangrientas de la historia, es decir aquellas que a lo largo del argumento nos enseñaron más muertes en terribles circunstancias. Y sin embargo, una cosa es lo que se produce a nivel cinematográfico, y otra muy distinta la vida real. Por eso, cuando hablamos de la película más mortífera de la historia, tenemos que mencionar a “El conquistador de Mongolia ”, protagonizada ni más ni menos que por John Wayne.

Lo cierto es que director Oscar Millard tenía el guión de la mencionada película listo para ser rodado a mediados de la década de los ´50, y una vez decididos los actores, que incluían al reconocido John Wayne para el protagónico, escogió como sitios de grabaciones, tres campos que se encontraban muy cerca de los campos de pruebas de armamento nuclear del Ejército de los Estados Unidos, tal vez mucho más cerca de lo que hubiera sido recomendable.

Sucede que en esos campos, el Departamento de Defensa de los Estados Unidos realizaba todo tipo de prácticas relacionadas con el lanzamiento de armas nucleares de alto alcance, lo que por supuesto comenzó a afectar a los actores, aunque pocos lo notaron en ese momento. Sin embargo, en poco tiempo había quedado claro que el sitio elegido fue una especie de sentencia de muerte para el elenco, pues los casos de cáncer y distintas enfermedades brotaron de golpe y de a decenas.

En los siguientes 30 años, se calcula que cerca de 150 de los actores y ayudantes que participaron de la película habían fallecido como consecuencia directa de su exposición a los restos de armas nucleares probadas por los Estados Unidos durante las grabaciones. Incluso entre ellos estaban el propio John Wayne, además del compositor de la banda sonora, Victor Young, el director alterno Dick Powell o la actriz Agnes Moorehead, quienes fueron los primeros en perder la vida en la que efectivamente ha sido hasta ahora, la película más mortífera de todos los tiempos.

Claro que a todos nos gusta el alcohol, y si no nos gusta demasiado, al menos debemos tener la honestidad de admitir que es el culpable de muchas de nuestras mejores aventuras y anécdotas, y es por eso que volvemos a recurrir a él cada fin de semana. Sin embargo, también es cierto que cuando nos levantamos al otro día podemos arrepentirnos lo suficiente de lo tomado la noche anterior como para jurar no volver a tocar una bebida alcohólica, y es que cuando la resaca aparece, existen pocas sensaciones más molestas que ésta.

Sin embargo, estamos convencidos de que todos nosotros pagaríamos un poco más por alguna bebida alcohólica que no deje resaca, y es que eso nos evitaría muchísimos problemas, e incluso podríamos darnos el gusto de tomarla más seguido. En Corea del Norte los especialistas han hecho el esfuerzo al respecto -aunque por diferentes circunstancias que tienen más que ver con su idiosincrasia- y parece que dentro de poco, en todo el mundo podremos gozar de los primeros prototipos de bebidas alcohólicas que no dejan resaca.

Claro, seguramente te estarás preguntando entonces cuáles son los ingredientes de esta bebida tan curiosa que provoca los mismos efectos que el alcohol pero que no tiene consecuencias negativas, es decir, prácticamente el brebaje perfecto. Por lo que se sabe, se trata de un licor denominado Koryo, el que se desarrollad a partir de la raíz de gingseng y el arroz, reemplazando además uno de los componentes más nocivos que tiene el alcohol tradicional que es el azúcar.

El caso es que aunque muchos expertos tienen sus dudas acerca de que este invento realmente pueda funcionar -consideran que o bien no produce los efectos del alcohol, o que en caso de sí producirlos de ninguna manera puede dejar de provocar resaca-, lo cierto es que sus creadores aseguran que además se trata de una bebida por demás recomendable gracias a que cuenta con todas las propiedades curativas del gingseng. Si realmente el licor de Koryo no deja resaca, no tenemos dudas de que pronto lo tendremos en los principales bares españoles.

 

Una de las cosas que me ha dado por hacer últimamente es auto-cortarme el pelo; es decir, que me corto el pelo yo mismo. Por alguna extraña razón, cuando admites ésta práctica en público, te tachan poco menos que de loco. Que vale, yo bien del todo no esoty, pero loco, lo que se dice loco no; un poco ido a lo sumo.

El caso es que desde que nací sólo he llevado dos (*) cortes de pelo distintos:

  • El corte de pelo de niño bueno: que es el que le encanta a todas las madres de España (excepto a las que son unas chonis). A la peluquera del barrio siempre le fascinaba la capacidad de autocontrol que de la que yo alardeaba, pues era decirme “No muevas la cabeza” y convertirme en una estatua durante el tiempo necesario. Pero un buen día, a ésta buena mujer se le fue la tijera y me metió un tijerazo en una oreja. Traumatizado, me juré a mi mismo que durante el resto de mi vida pasaría el menor tiempo posible en una peluquería.
  • Himliano, el pelado: el tijeretazo de marras coincidió temporalmente con el auge de futbolistas como De la Peña o Ronaldo (el gordito, no el chulo-playas), y se me empezó a meter en la cabeza que aquello tenía que ser muy cómodo, porque entre corte y corte podrían pasar meses tranquilamente. Dicho y hecho; desde 1995 hasta finales de 2009 me he cortado siempre el pelo igual; “Pásame la máquina, por todo; sin florituras“. Sencillo y rápido. La única variación que hacía era que en verano lo cortaba al 2 y en invierno al 4, por aquello del frío. No más preocuparse de si vas peinado o no, no más sacarte un gorro y que se te queden unos pelos de loco desatado; todo son ventajas!!

(*) El pasado verano, en un alarde de extravagancia, me afeité la cabeza en plan tradicional, con tijeras y maquinilla de afeitar; pero eso ahora no viene a cuento.

A mediados de otoño, me compré una máquina de esas de cortarse el pelo; como las que usan en las peluquerías (de esas que todos los peluqueros llaman “la moto“). La compré en el Carrefour y os adelanto que es uno de los timos más grandes en los que he caído en mi vida; porque no corta una puta mierda. Es lo malo de ir a lo barato, que al final sale rana. Aunque también hay que aclarar que tengo un pelaso de mucho cuidado, pero eso ahora tampoco viene a cuento.

Lo que os venía a explicar es que cortarse el pelo uno mismo es una gozada por una serie de razones:

  • Te cortas el pelo donde y cuando quieres. Y de gratis.
  • No tienes que desplazarte a ningún sitio, lo cual para un vago como yo, es crucial.
  • Lo haces tú mismo, lo cual otorga un plus de auto-realización muy a tener en cuenta.

El único inconveniente, es que si no eres un poco mañoso, se te puede ir la mano y hacer un estropicio; para lo cual la única solución pasa por cortar todo el pelo y esperar a que crezca para volver a empezar. Pero vamos, que es algo extremadamente infrecuente, habría que ser jodidamente ñordo y torpe para que te pase…

Uno de los propósitos para el próximo año que me he decidio a cumplir es ser mucho más cabrón con la gente que se lo merezca, porque está visto y comprobado que ser amable con gente cabrona es perder el tiempo; ya lo decía Patton:

El valor sin educacion es inutil frente a las balas educadas.

El caso es que estaba yo conduciendo por el centro de Pontevedra (más concretamente en la Plaza de Galicia) mientras llevaba a mi tía; cuando de repente, un BMW sale a toda leche (en plan “tufás tufurius” de una calle que desemboca en la plaza, se me pone detrás y empieza a pitar. Pero a pitar como una loca.

Que pasa, que la señora ésta, se ve que no entiende como va lo del ceda el paso, y seguramente no sepa que aunque lleves un BMW tienes que ceder el paso igual, aunque sea a un destartalado Peugeot 205 (blanco, para más señas, pero no un blanco cualquiera, sino un blanco ).

Mientras iba mirando a la señorona ésta por el retrovisor me iba formando un estereotipo consistente en que era la tipica vieja amargada que inicia cualquier discusión con el manido:

¿No sabe usted quien es mi marido?

y mientras iba pensando eso, paralelamente me iba encabronando porque mi tía estaba repitiéndome que pasase de la vieja sin parar, como un loro.

Entre el estereotipo que me había montado y el orgullo que me proporciona ir dentro de mi 205 (no en vano, para mí éste coche es como mi Viper) me dejé envenenar por el espíritu de la lucha de clases y le dije (retrovisor mediante) el típico “Que paaaaaaaaasa?” con acento madrileño.

La vieja (que iba acompañada por una chavala rubia; melafo por cierto; que se iba partiendo de risa) me respondió con el gesto inequívoco de llevarse el dedo al ojo como diciendo A ver si te fijas!!, más algunos insultos que no pude descifrar.

A lo que yo respondí haciendo un triángulo invertido con las dos manos, representando una señal de “Ceda el paso“, al tiempo que le gritaba Fíjate tú en el ceda, imbécil, que me la suda que lleves un BMW..

Aquí la mujer estalló y empezó a vociferar aún más, quizás porque interpretó que mi triángulo invertido era una alusión a su vagina, no lo sé seguro. A lo que yo respondí, con aire provocador, con el gesto inequívoco del Tito MC cuando dice su famosa frase Hablas mucho, so capucho !! Comón !!

Entonces va la vieja y me hace un finger, una peineta, un corte de manga, como lo queráis llamar. ¡A mí! Ni corto ni perezoso, con las dos manos (porque a todo ésto, estábamos parados en un atasco) le hago, no uno, sino dos fingers con mis enormes manos de joyero, acompañados de la sonrisa más socarrona que pude sacar.

Me quedó pena de que, como temía mi tía, a la tipa ésta no le diese por darme con el BMW por detrás para hacerle una caricia a mi coche, porque siempre he querido saber que tal reacciona la carrocería de un BMW a las patadas propinadas por un pie que calza un 46. Lástima que no me diese ésa satisfacción.

Si es que, como siempre, el señor Ponzonha tiene razón. Lástima no tener un Hummer, un quitanieves o incluso un T-72 (siempre he querido emular a James Bond en “Goldeneye” e impartir un poco de justicia vial.)

Aún no ha llegado el día en que una vieja en BMW se me ponga chula y salga impne. No señor.